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19 de diciembre. Santa Eva (Antiguo Testamento)

«Madre de todos los hombres», Eva en hebreo significa «vida»; es la Santa más inesperada del calendario. Pero ¿no habíamos quedado en que fue la culpable del pecado original? Porque «por una mujer comenzó el pecado, por culpa de ella morimos todos» se lee en el Eclesiástico. Extraña Santa a la que recordamos por el mal que introdujo en la Humanidad.

Desde la última lejanía de los tiempos, Eva, cubriendo sus vergüenzas con la cabellera destrenzada y larguísima, sigue preguntándonos: ¿Lo hubierais hecho mejor? Débil y conmovedora, imprudente, tentada por la curiosidad y la ambición (¿y si fuese verdad eso de «seréis como dioses»?), en el Génesis aparece como una figura no ya muy femenina, sino humanísima. Somos de su linaje, a qué negarlo.

No podemos ni imaginar lo que era el mundo antes de aquel pecado. El Paraíso terrenal se difumina una imagen edénica en la que no nos reconocemos. Pero en Santa Eva caída, desobediente, frágil, no hay que hacer ningún esfuerzo para ver cómo somos y las consecuencias de toda aquella historia. «Felix culpa» teológicamente hablando, ya que por lavarla se encarnó en el mismo Dios y ha hecho la realidad de la que formamos parte, que nos ha hecho a nosotros.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

18 de diciembre. San Winebaldo (…-761)

Hermano de Santa Walburga, (a la que conocimos el 25 de febrero) y del obispo San Wilebaldo, su casi homónimo, así como pariente del gran misionero San Bonifacio, este santo es uno más del formidable grupo de anglosajones que en la primera mitad del siglo VIII sienten que las islas les quedan estrechas y van a evangelizar el corazón del continente, esa Germania semibárbara donde introducen el Evangelio y la cultura. Ellos mismo fueron cristianizados y civilizados cien años antes por Roma, que envió a San Agustín de Canterbury a Inglaterra. Ahora eran ellos los que misionaban al otro lado del canal de la Mancha.

Winebaldo era hijo de un príncipe de Wessex, peregrinó a Roma , allí se hizo monje, en el 728 se trasladó a la Germania con San Bonifacio, predicó el cristianismo en Turingia, y más tarde le encontramos como abad de Heidenheim, la fundación de su hermano Wilebaldo, y cuya comunidad femenina dirigió su hermana Walburga como abadesa. Heidenheim sería un importante centro para la formación del clero.

De San Winebaldo no se sabe mucho más, es uno de esos hombres que en los siglos oscuros reúnen en un solo afán la cultura y la fe, que tienen el corazón en Roma, (fervorosamente romanos, esa cualidad que siempre se ha dado en los santos ingleses, como temiendo la tentación de un peligroso particularismo), y la actividad en todas partes, sin más patria que el mensaje divino al que entregan su vida.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

Fabrice Hadjadj: un combatiente espiritual

Para Miguel de Unamuno la agonía del cristianismo consistió en una contienda que se desata no entre intelecto y sentimiento, sino entre Cristo y Lucifer. Esa lucha religiosa supone para el hombre combatir por una divinidad que le vive por la fe y que por lo mismo está constantemente amenazada de morir por incredulidad. Este depender Dios del poder creer del hombre representa el nudo gordiano de su combate. Rasgos netamente unamunianos perviven en el pensamiento del filósofo francés Fabrice Hadjadj, cuando sostiene que “el verdadero combate se juega en el interior, en el campo propio, que las grandes batallas espirituales empiezan dentro de cada persona en su capacidad para resistir al pesimismo y abrazar una esperanza auténtica”. Porque el pesimismo (nada puede hacerse), que es contrario a la gracia y a la fe, nos lleva, como el escepticismo (nada debe hacerse), a la indiferencia, al más puro nihilismo. Es esta la peor de las actitudes en que puede incurrir un católico. Mucho peor que el miedo. Porque este pensador cristiano también se refiere al miedo ante el reto que supone vivir en el mundo actual: “Lo primero que experimentamos es la emoción menos confesable: el miedo. No tanto el miedo de morir, como el miedo de vivir a la altura del desafío”.

Este mundo actual en el que haber nacido y, por consiguiente, vivir constituyen para Hadjadj una suerte nos desafía constantemente como católicos. Y él propone que, sin indiferencia ni miedo, perseveremos en la lucha, no abandonarla por el tedio ni el cansancio, y estar bien provistos del depósito de la fe, sólidamente pertrechados de espiritualidad. Nos insta a ser fieles a la máxima evangélica de vivir en el mundo sin ser del mundo, pero no atrincherarse frente al mundo. “No dejarse seducir por los valores del enemigo ni caer en la tentación de responder con las mismas armas”. Así podremos afrontar los retos que nos plantea la posmodernidad que, a diferencia de la modernidad, “no busca soluciones sino evasiones”. Si Pablo VI afirmaba que el drama del hombre moderno es haber salido de casa perdiendo la llave para volver, el drama del posmoderno es que ya no quiere volver al hogar. Se ha evadido, y en su evasión, ha terminado por extraviarse. Fascinado ante el imperio tecnológico-científico, se comporta inconscientemente disponiendo de forma egoísta y sin límite alguno de todo lo existente. En su frenética carrera lanzada hacia conquistas materiales confunde su deseo con la libertad y satura su hastiada existencia de tantas posibilidades como de peligros, de tanto progreso como desbarajuste, sin poder discernir entre el bien y el mal, quedando secuestrado en el zulo del relativismo. Incapaz de construir sobre lo que existe, el hombre de hoy se afana alegre y confiadamente por desmantelar los cimientos del pasado, ignorante de que con ello acelera la pérdida del contacto interpersonal dentro de sus espacios naturales. La consecuencia es la debilitación del matrimonio y el decaimiento de la relación entre padres e hijos, en suma, la disolución de la familia. En efecto, el hombre posmoderno no quiere volver a casa.

Hadjdj nos advierte del peligro de la deshumanización. “Europa desespera de lo humano”. Predomina el empeño en convertir al hombre en una especie de diana contra la que lanzar el dardo del antihumanismo. Un entorno de hostilidad rodea a la persona en esta época de angustia y quiebra de virtudes naturales. Hay afán por desarrollar proyectos de claro signo deshumanizador. Desde la ciencia hasta la política, pasando por la economía, la tecnología o la cultura, se pretende crear una especie de ecosistema inhóspito para el ser humano. Ante este horizonte de desafíos, el filósofo francés indaga sobre el martirio de la coherencia con el Evangelio a que es sometido el católico en el tiempo presente. Creen muchos ser católicos y por católicos son tenidos, pero jamás se han sentido conmovidos por la gloria de la verdad que es Cristo en acción. Con su apatía son cómplice s de quienes se aplican a la destrucción y al caos. A veces critican y deploran la decadencia de la moral y la corrupción de la vida pública, pero no sienten obligación alguna por detenerla. Se tiende a pensar que el mal viene de fuera y que los malos son los otros. Consecuentemente, son los otros quienes deben cambiar. Gran error. Soy yo, somos nosotros, los católicos, quienes debemos mejorar, hacer lo que no hacemos. Siempre es tiempo de conversión. Para combatir en esta época de confusión y desolación, en suma, de desesperación en la que ya no se cree en un mundo mejor, Hadjadj apela a la esperanza, a esa esperanza que no defrauda, Cristo: “La esperanza no es optimismo ni pesimismo; es la certeza de que, en medio de nuestra miseria, la misericordia divina siempre nos abre un camino”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 6 de diciembre de 2024. https://www.larazon.es/opinion/fabrice-hadjadj-combatiente-espiritual_202412066752379085d24c0001d1270e.html

17 de diciembre. San Lázaro (siglo I)

Protagonista de un milagro clamoroso en el Evangelio, la resurrección del hospitalario Lázaro de Betania, hermano de Marta y María; cuando hace varios días que está sepultado y, como dicen a Jesús, «ya hiede», le llama el Maestro, ¡Lázaro, sal fuera!, y el cadáver recobra vida y aparece ante el pasmo de todos devuelto a la luz.

La leyenda cristiana inventará en torno a su figura mil historias poéticas y confusas; estuvo en el sur de Francia, evangelizando en las bocas del Ródano con dignidad de obispo hasta morir mártir. Pero en el fondo, San Lázaro, obispo o no, nos impresiona, más que por haber provocado el gran milagro de volver de ultratumba, por una circunstancia especialísima que se menciona antes del hecho: Jesús le amaba, le amaba mucho, y lloró desconsoladamente ante su tumba. Jesús llorando ante todos por un amigo al que amaba.

¿Cómo debía de ser Lázaro para que Él llorase su muerte, para que le amase tanto? Sin duda, era un hombre de bondad extraordinaria, un corazón hondo y generoso que despertó ese amor cuyos ecos resuenan en el Evangelio como para recordarnos la fibra humana y conmovida del Hijo de Dios que primero llora por la muerte de su amigo y luego, con unas breves e imperiosas palabras repite, ahora desde la muerte, el milagro de la creación, haciendo vivir.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

16 de diciembre. Santa Adelaida (931-999)

Nacida en el castillo de Orb, Adelaida es hija de Rodolfo II de Borgoña, a los siete años se concierta su matrimonio con el príncipe italiano Lotario, diez años después, cuando éste es rey de Italia, se casa con él en Pavía. El monarca no tarda en morir, quizás envenenado, y su viuda queda presa en el castillo de Garda a merced de un usurpador. Consigue huir, se refugia en Canosa y llama a su ayuda al emperador alemán Otón, con el que contrae nupcias en 951.

El matrimonio es coronado en Roma por el Papa Juan XII como emperadores del Sacro Imperio. Cuando muere Otón I, que quiso ser defensor de la Cristiandad, deja una herencia política muy complicada que sufrirá Adelaida: su hijo Otón II no la quiere, al morir este rey, la madre es regente de Otón III, ha de gobernar el Imperio y resistir el embate de los bárbaros. Al final de su vida se retira a su Borgoña natal para consagrarse a la piedad bajo la dirección de San Odilón de Cluny, su primer biógrafo. Murió en el monasterio cluniacense que había fundado en Seltz, en Alsacia.

Santa Adelaida representa la mujer fuerte de la férrea Europa con que concluye el primer milenio, imagen de una autoridad amenazada y combatida, reina, emperatriz, esposa, viuda y madre que busca entre luchas desgarradoras contra los de su sangre, el hijo, el nieto, un camino de santidad. En el santoral es toda hieratismo, recubriendo de fortaleza el temblor humano y la fatiga de una mujer que parece incansable y segura.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

15 de diciembre. Santa Cristiana de Georgia (…-340)

A principios del siglo V Rufino de Aquilea cuenta lo que le han contado sobre la evangelización de las bárbaras tierras de Georgia. Al este del Mar Negro, la primera semilla del cristianismo georgiano se atribuye a una joven esclava, a la que se dio el nombre de Ninó, Nina y también de Cristiana porque repetía muy a menudo el nombre de Cristo.

Impresionó a todos por su bondad, por su devoción y por las curas milagrosas que hacía, sanando en una ocasión a la misma reina. Cierto día, el rey se perdió durante una cacería y al verse en peligro se encomendó a aquel desconocido Dios, volviendo sano y salvo con los suyos. Por eso, rogó a Cristiana que le instruyera en su fe. Hubo muchas más conversiones y el monarca pidió el emperador Constantino que enviase sacerdotes a Georgia para completar la evangelización del reino.

En la penumbra de aquél rincón de Europa, entrevemos el origen de una comunidad cristiana por los medios más improbables: una sola persona, una muchacha extranjera de ínfima condición, sometida a esclavitud entre bárbaros, Santa Cristiana. No puede pedirse menos. Es tan poco, suena a empresa misional tan descabellada que tenía que salir bien, porque a Dios le gusta demostrar que es Él quien hace las cosas con instrumentos incongruentes.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

14 de diciembre. San Juan de la Cruz (1542-1591)

Juan de Yepes, el poeta del santoral, patrón de todos los poetas. De palabra angélica y estremecida que hace que a su lado los grandes líricos del idioma parezcan bastos, con demasiada tosquedad. Su verso es un soplo de inspiración y de música levemente vestida con apariencias de este mundo.

Muy joven aún conoció a Santa Teresa de Jesús, que andaba en sus tareas reformadoras de los carmelitas. El encuentro sería capital para ambos, la Santa le llamaba su «medio fraile», porque era corto de estatura, y también su «senequita», por ser muy leído y sabio. Guiados por un afán de Dios trabajarán juntos y sufrirán juntos. «Terriblemente trata Dios a sus amigos, escribe Teresa al enterarse de las tribulaciones que sufre Fray Juan por la reforma: persecuciones durísimas, y hasta cárcel, por sus hermanos de religión, desdichas corporales y morales.

Por eso cuando Juan habla de la noche oscura del alma no es lucimiento poético de su pluma, sino la misma experiencia vivida hasta la muerte. San Juan de la Cruz reza, sufre, calla, escribe cuando puede sobre lo que puede y busca al Amado en medio de la noche. Es un altísimo artista en quien la palabra, que aspira a ser eterna, comunica con un Dios inefable que no se puede expresar

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

13 de diciembre. Santa Lucía (…-304)

Siciliana de origen y napolitana por fervor popular, Lucía protege de la ceguera y de las enfermedades oculares. Su nombre significa luz y resplandor. Sobre ella hay un prodigio que revela que defendió su pureza cuando la iban a arrastrar a un burdel. Su iconografía la representa con los ojos ofrecidos a Dios en una bandeja, estampa que nos familiariza con la entrega de lo más necesario y valioso para ganar el tesoro que no muere.

Así vive en el recuerdo, y en los altares la devoción, continúa encendiendo candelas, y en Suecia hay un vistoso rito que asocia la virginidad y sus blancos ropajes simbólicos con una corona de velitas para pedir luz, más luz, a la virgen siciliana.

Luz de los ojos del cuerpo para ver las maravillas de lo creado y luz del alma, la claridad, para distinguir los caminos de Dios en medio de la noche. Que Santa Lucia nos ilumine ante el cortejo de tinieblas del mundo, el demonio y la carne. Nos dé luz que es pura como la doncella mártir, alegre como el sol en los día de invierno e impalpable como las certidumbres de Dios, el Padre de la Luz.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

12 de diciembre. Nuestra Señora de Guadalupe

En 1531 una Señora del Cielo se apareció a un pobre indio llamado Juan Diego en el cerro Tepeyac al noroeste de la actual ciudad de México; se identificó como la siempre-Virgen María, Madre del verdadero Dios, el Creador de todas las cosas: Señor del cielo y de la tierra. Le manifestó que era su deseo que una iglesia le fuera construida en ese lugar, y le encargó transmitir su deseo al obispo local. Como el obispo dudara sobre la autenticidad del mensaje y le pidió una prueba, Ella obedeció prontamente y envió a Juan Diego a la cima del cerro a recoger, en medio del invierno, un ramo de rosas de Castilla para el prelado.

Juan Diego entregó las flores y la Virgen dejó una imagen de sí misma impresa milagrosamente en la tilma del indiecito, un tejido de cactus de poca calidad que se debió haber deteriorado en veinte años pero que no muestra señales de corrupción casi quinientos años después y aún desafía toda explicación científica sobre su origen. Su mensaje universal de compasión y amor, y su promesa de ayuda y protección para toda la Humanidad, se encuentra relatado en el Nican Mopohua, documento escrito en el siglo XVI en el lenguaje nativo, Nahuatl.

Todos los Papas posteriores al hecho milagroso han honrado a Nuestra Señora de Guadalupe. San Juan Pablo II visitó la Basílica en cuatro ocasiones. En una de ellas, en 1999 y durante su homilía de la Misa Solemne declaró la fecha del 12 de diciembre con el rango litúrgico de Fiesta para todo el continente de las Américas.

Fuente: Santopedia. Nuestra Señora de Guadalupe.

11 de diciembre. Santa Maravillas de Jesús (1891-1974)

De alta cuna y educación exquisita, Maravillas Pidal no dejaba de destacar su afán de austeridad y caridad: «Hermanas, quisiéramos abarcar el mundo entero, pero como esto no es posible, que no quede sin atender nada de lo que pase a nuestro lado». Dotada de inteligencia superior, firme voluntad, carácter explosivo y alegre, y una singular bondad de corazón, fue una enamorada de Cristo que hizo voto de castidad a los cinco años.

Ingresó en el Carmelo de El Escorial. Su época es la de los mártires españoles del siglo XX. Con su comunidad tuvo que recorrer la España de la Guerra Civil, teniendo muy cerca el martirio, aunque nunca cumplido. Los milicianos que las acosaron seguro quedaban siempre impactados por estas mujeres: «no, si miedo estos milicianos dan, como para no tenérselo, pero como lo más que pueden hacer es quitarnos la vida…»

Ayudó a muchos monasterios, además de fundar diez nuevos de carmelitas descalzas: Mancera de Abajo, Duruelo, Cabrera, Arenas de San Pedro, San Calixto, Aravaca, La Aldehuela, Torremolinos-Montemar, y, por expreso deseo del Papa, en Kottoyam, India. La Madre Maravillas fue canonizada en 2003 por San Juan Pablo II junto a Pedro Poveda, Sor Ángela de la Cruz, Genoveva Torres y José María Rubio.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.