Archivo de la categoría: Santoral

11 de diciembre. Santa Maravillas de Jesús (1891-1974)

De alta cuna y educación exquisita, Maravillas Pidal no dejaba de destacar su afán de austeridad y caridad: «Hermanas, quisiéramos abarcar el mundo entero, pero como esto no es posible, que no quede sin atender nada de lo que pase a nuestro lado». Dotada de inteligencia superior, firme voluntad, carácter explosivo y alegre, y una singular bondad de corazón, fue una enamorada de Cristo que hizo voto de castidad a los cinco años.

Ingresó en el Carmelo de El Escorial. Su época es la de los mártires españoles del siglo XX. Con su comunidad tuvo que recorrer la España de la Guerra Civil, teniendo muy cerca el martirio, aunque nunca cumplido. Los milicianos que las acosaron seguro quedaban siempre impactados por estas mujeres: «no, si miedo estos milicianos dan, como para no tenérselo, pero como lo más que pueden hacer es quitarnos la vida…»

Ayudó a muchos monasterios, además de fundar diez nuevos de carmelitas descalzas: Mancera de Abajo, Duruelo, Cabrera, Arenas de San Pedro, San Calixto, Aravaca, La Aldehuela, Torremolinos-Montemar, y, por expreso deseo del Papa, en Kottoyam, India. La Madre Maravillas fue canonizada en 2003 por San Juan Pablo II junto a Pedro Poveda, Sor Ángela de la Cruz, Genoveva Torres y José María Rubio.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

10 de diciembre. Santa Eulalia de Mérida (…-¿304?)

La niña mártir de Mérida que a los doce años desafía a los verdugos y con santa elocuencia (su nombre significa la bien hablada) dice: «¿Qué furia es la que os mueve a perseguir a Dios? Pero si estáis sedientos de sangre cristiana, aquí me tenéis». Las torturas destrozan su cuerpo y después de morir una súbita nevada le sirve de sudario celestial.

Muy pronto Prudencio, inspirado cantor, dedica a Eulalia un himno de su Peristéfanon: «Cortad las violetas púrpuras, recoged los azafranes sangrientos, nuestros dulces inviernos tendrán flores». Desde Mérida su fama se extenderá por toda la península, sus reliquias son llevadas a Austria, y, lejos ya de tierras hispánicas, aparece en el cortejo de vírgenes de San Apolinar de Rávena; en África, San Agustín le dedica un panegírico; entre los ingleses San Beda exalta su recuerdo; Venancio Fortunato compone un poema en su honor.

De Santa Eulalia de Mérida, la bien hablada, se habló mucho y bien en todo el mundo, el sacrificio de una niña en los confines de España resonó en toda Europa; y todavía nos acordamos de su reto impetuoso a la muerte, que la vistió de blanco como a un ángel destruido por los garfios y el fuego.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

9 de diciembre. San Pedro Fourier (1565-1640)

Lorenés nacido en Mirecourt, Pedro Fourier es el Santo de la Francia del este, un revuelto territorio fronterizo agitado por la Reforma y las ambiciones políticas. No pudo sustraerse a esos conflictos viéndose envuelto en ellos, aunque siempre guiado por la norma superior de apóstol: «Ganar una sola alma es más que crear un mundo».

A los veinte años se hace canónigo agustino regular en la abadía de Chaumozey, cerca de Epinal, recibe las órdenes sagradas y en 1589 estudia Teología en Pont-à-Mousson. Aunque brillante teólogo, elige la parroquia más oscura y difícil de los Vosgos: la aldea de Mattaincourt, mísera y abandonada, conocida por «la pequeña Ginebra» por los enormes progresos que los calvinistas han hecho en la comarca. Allí Pedro vivirá treinta años; y con sus sermones, su caridad y su ejemplo evangeliza y transforma milagrosamente la villa, funda una caja de socorros mutuos, pone paz entre los belicosos lugareños y organiza escuelas gratuitas llegando a ser comparado con San José de Calasanz.

Las escuelas para niñas conducen en 1598 a la fundación de la congregación de las canonesas agustinas de Nuestra Señora. En 1621, el obispo de Toul le encomienda también la reforma de los canónigos regulares. Al estallar la Guerra de los Treinta Años, la lealtad de San Pedro Fourier al duque de Lorena le mueve a desterrarse voluntariamente muriendo en el exilio del Franco Condado.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

8 de diciembre. La Inmaculada Concepción.

El dogma fue proclamado por Pío IX el 8 de diciembre de 1854, pero los cristianos no habían esperado la solemne definición para tener la certeza de que Dios había eximido de toda mancha a su Madre haciéndola desde su concepción purísima y, en palabras del arcángel al dirigirle el primer saludo «llena de gracia», rebosante de los dones del Altísimo.

Mientras los teólogos discutían, los artistas, sobre todo españoles, Murillo, Zurbarán, Ribera, Valdés Leal, Velázquez, pero también fuera de España, Rubens, Tiepolo, ponen ante los ojos la imagen simbólica de la Inmaculada: túnica blanca y manto azul, coronada por doce estrellas, pisando con dominio la media luna y la serpiente sobre un fondo teatral de cielo y nubes. Los poetas no le van a la zaga, por ejemplo Cristóbal de Virués: «Una doncella de perfección hermosa, de claro sol vestida y adornada».

Este singular privilegio mariano está en el calendario como abriendo el ciclo de la Navidad en pleno adviento. La Purísima se adelanta en este tiempo de diciembre como un signo maternal de la humana santidad que cabe en nuestra historia y precede a la fiesta de la primera mujer, Eva, el día diecinueve, de la que es sublimación y contrafigura. Eva es la pecadora madre de los vivientes, y la Virgen es la madre según el nuevo nacimiento por la gracia, del mismo linaje, pero hecha luz en medio de las contradicciones del mundo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

7 de diciembre. San Ambrosio (334-397)

Hijo de un magistrado, buen conocedor del Derecho y la Administración, gobernador de las provincias del norte, todo inclinaba a Ambrosio hacia la virtud cardinal de la justicia. Pero en Milán es elegido obispo por aclamación y a viva fuerza, y su idea de lo justo se verá corregida por una ley superior.

Como obispo y consejero de emperadores, defiende la fe con una energía inflexible ante paganos y herejes, salvaguarda los derechos de la Iglesia ante intromisiones del poder y se enfrenta al emperador Teodosio exigiéndole penitencia pública por la bárbara matanza de Tesalónica antes de admitirle en el templo. Pero es también un enamorado de los pobres hasta vaciar sus arcas una y otra vez, compasivo y tierno hasta el llanto con los pecadores que iban a reconciliarse con Dios y eficaz convertidor de almas como la de San Agustín.

La Iglesia ha hecho de San Ambrosio uno de los cuatro grandes doctores de Occidente, con Agustín, Jerónimo y Gregorio el Grande, pero por profundas que sean sus enseñanzas y su saber, la biblioteca milanesa aún le debe su nombre, su figura sigue siendo la de un maestro de la caridad, un pastor que administra justicia y misericordia con un equilibrio evangélico. Al morir, nos dejó una confesión memorable: «No tengo miedo a morir porque tenemos un Señor bueno».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

6 de diciembre. San Nicolás (siglo IV)

Nicolás es el Santo que da cosas materiales, palpables, comestibles incluso, porque a veces lo del pan nuestro de cada día es una petición literal y por eso se le invoca en los apuros económicos, como en la historia de la triple dote, que a escondidas proporcionó a tres doncellas cuyo padre, al no poder casarlas por insuficiencia económica, iba a dedicar a la mala vida.

Quizá por su advocación tan deseable este Santo, obispo de Mira, es el más popular del mundo, sobre todo para los nórdicos que esperan de él, ya como obispo o disfrazado de panzudo Papa Noel, Santa Claus, no sólo lo necesario para el cuerpo y el alma, sino también lo superfluo, como lo que sirve para jugar: dulces caprichos.

San Nicolás encarna la misericordia de Dios vista por lo ojos infantiles, de esos niños que somos todos. El Dios de amor que da la vida y la gracia. Él debe de sonreír entre sus barbas ante esos niños tontos, sin dejar de ser generosísimo con el pan, el dinero y las chucherías del vivir cotidiano que reparte en nombre de su Señor.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

5 de diciembre. San Sabas (439-532)

La suya es una historia impresionante de larguísimos años de penitencia, ejemplo, dirección espiritual y lucha por la ortodoxia amenazada por los herejes. Al dominio de sí mismo y a la renuncia al mundo se unió así, en los tiempos finales, la intransigencia heroica y batalladora por la fe.

Capadocio de Asia Menor, Sabas, de muy joven, decidió alejarse a Palestina para hacer vida ascética y solitaria. En 478 construyó y fundó un monasterio, Mar-Saba, en el desierto de Judea que separa Jerusalén del Mar Muerto, aún ocupado y reliquia de los primeros siglos de la Iglesia. Su bárbara tosquedad armoniza con la aspereza y desolación de un paisaje inhumano. Allí, se convirtió en el maestro y modelos de los eremitas de la región, y su nombre fue el más venerado e ilustre de aquellas tierras.

En su última estancia en Constantinopla, San Sabas, ya nonagenario, pretende que Justiniano le reciba para urgirle que defendiera el cristianismo en toda su pureza. El emperador le escucha, atiende sus razones y antes de que se vaya quiere darle dinero, que el eremita, como era de esperar, rechaza porque dice no necesitarlo. Entonces Justiniano pide su bendición, que desciende sobre la cabeza imperial con el añadido de una propina profética que le anuncia conquistas en África, Italia y España. Como quien regala un sueño de poder efímero, mientras él vuelve a su caverna para esperar la muerte.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

4 de diciembre. Santa Bárbara

Su despótico padre la encerró en una torre para que renegase del cristianismo. Más tarde la entregó al verdugo porque se resistía a renunciar a su fe. Acabó siendo fulminado como castigo por un rayo del cielo hasta quedar reducido a cenizas. Por eso Bárbara, la estrepitosa, es considerada como la que señorea el fuego y las explosiones, protectora del rayo. Su culto se extendió muchísimo tanto en Oriente como en Occidente, siempre asociada al símbolo de la torre.

Sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. El suyo es un imperio ígneo y estruendoso. Ella es el escudo contra los terrores más antiguos de las gentes, el fuego y la destrucción que caen de la altura. Por eso esta venerable mártir debería ser abogada del miedo y la prevención de la hecatombe nuclear. Es patrona de artilleros y artificieros.

Contra la locura de una guerra definitiva invoquemos a Santa Bárbara, a quien no va a asustar un poco más de ruido, aunque sea el último. Su torre vale por todos los refugios antiatómicos, porque es la intrepidez y la firmeza de la santidad que no teme a lo que puede dañar o pulverizar el cuerpo, ya que su esperanza reposa en las manos seguras y fuertes del Padre.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

3 de diciembre. San Francisco Javier (1506-1552)

Nació en los confines más solitarios e inaccesibles de Navarra, en un castillo almenado y de aire adusto, atenazado entre España y Francia. La suerte de las armas fue adversa a la noble familia de Javier y éste marchó a París a adquirir ciencia. Allí fue estudiante y luego maestro.

Fue atraído al embrión de lo que iba a ser la Compañía de Jesús. Su entusiasmo iba por delante de la prudencia del fundador. En Roma se desconsuela pensando que no se le ha elegido para la misión de Asia que pedía el rey de Portugal. Pero a última hora, y debido a la enfermedad de un compañero, será Francisco quien vaya a Goa, evangelice con su divina paciencia la India, recorra la isla de las especias, entra en el Japón y bautiza a miles de nuevos cristianos, casi en soledad, como un apóstol sin freno, en los pocos años que le quedan hasta que muere, consumido de ansias y fiebre, a las puertas de China.

Patrón y modelo de misioneros, San Francisco Javier que nació encastillado es un viajero para quien el mundo es demasiado pequeño y el tiempo demasiado corto, su vida no será nunca la defensa, sino la conquista para el imperio de Dios, y así gana territorios inmensos y lejanos, ensanchando la Iglesia hasta que que el cansancio le mata en plena aventura de predicar a Cristo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

2 de diciembre. Santa Bibiana (siglo IV)

En su leyenda, tardía y llena de despropósitos, que hace de Juliano el Apóstata su verdugo, no hay mucho creíble, pero Bibiana sí existió, y posiblemente también su hermana Demetria y su madre Dafrosa, cuyos restos se descubrieron en una excavación junto a las reliquias de la santa en dos vasos de vidrio, y la Iglesia ha venerado desde hace siglos el recuerdo de esta mártir desconocida.

Bernini, cumpliendo el encargo del infatigable Urbano VIII, la representó con los atributos de su martirio; la columna de la flagelación, los azotes, la corona de mártir y una sonrisa angelical que asombra o desconcierta; es la felicidad en la muerte, o, mejor dicho, la felicidad entrevista por la fe más allá de la muerte.

Desconocida por la Historia, Santa Bibiana es bien conocida por Dios, y en último término todo un símbolo de la verdad de los Santos; lo que sabemos de ellos, lo que es público y notorio, viene a ser una débil aproximación más o menos aparatosa de lo que fueron, suficiente para convencernos de sus virtudes, pero que está muy lejos de la misteriosa vida de la santidad, cuya grandeza y secreto pertenecen tan sólo a Dios, y no dejan huella en archivos, inscripciones ni testimonios.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.